viernes, 23 de noviembre de 2007

La eurocracia: el problema de Europa

Nadie duda que Europa esté en crisis, además está extendida la sensación de que es grave y que cada vez, en lugar de mejorar, ésta empeora. La crisis, de la que siempre se ha visto envuelto el proceso de integración europeo, se agravó con el fracaso del proyecto constitucional y ahora se intenta solucionar con el Tratado de Reforma, otro de los paños calientes que tanto se usan en Bruselas.

El problema que aquí se ve es que se intenta crear una Europa unida sin contar con los ciudadanos, forzándonos a todos los europeos a unirnos en una cosa parecida a un estado federal pero sin decirlo para que algunos no se alarmen. Este es el juego de la eurocracia que sufrimos. Todos los tratados de la Unión Europea son elaborados a espaldas de los europeos, caso de la fracasada Constitución, elaborada por la Convención, y no por el Parlamento Europeo, que una vez más funcionó como adorno o, mejor dicho, no funcionó. Otro ejemplo de este peculiar sistema político en la tierra en la que se originó la democracia es que el presidente de la Comisión Europea (una suerte de Gobierno de Europa) es designado por los presidentes de los Estados miembros, en unas cumbres europeas que no tienen nada que envidiar a aquellas celebradas antaño con los reyes absolutos (o no) para decidir el futuro del mundo de espaldas al mismo. Lo mismo pasa con el presupuesto comunitario, que además es constituido por las aportaciones de los estados, cual pensión de manutención. Todo esto, repito una vez más, en la tierra de la democracia, la libertad y el liberalismo.

Después de toda esta demostración de cómo se aplican los valores ya mencionados, los líderes se asombran de que en las elecciones al Parlamento Europeo no vote la mitad de la gente o de que cuando se ha de apoyar la Constitución o el Tratado que elaboran en un despacho bruselense unas pocas viejas glorias, las sociedades lo rechacen (caso de Francia y Holanda con la Constitución europea). Entonces es el momento que aprovecha los sectores más euroescépticos de Europa para tirar de las orejas a los eurócratas, reprochándoles el haber quitado tanto poder a los Estados para concedérselo a una Europa poco transparente. Claro que en lugar de dar como solución una democratización de las instituciones europeas prefieren recuperar su soberanía y así volver a tener el poder que mantenían en la Europa del Estado-Nación, tan pacífica, próspera y libre.

Conociendo el pasado y las consecuencias que tuvo la discordia entre europeos y también conociendo los logros de la integración europea (que tiene muchas luces a pesar de sus sombras), cabe reflexionar sobre qué sistema es el que más interesa. Probablemente, el mejor de los dos sea el segundo (hasta la extrema derecha nacionalista de la Europa continental está a favor de que los estados se coordinen en aspectos como la inmigración), pero sabiendo también de qué pata cojea hace falta replantearse las mejoras necesarias para continuar progresando y afrontarlas con valentía y ambición: el problema es la eurocracia, ¿pero como acabar con ella?.

Los europeos hemos superado situaciones muy similares, solamente hace falta recordar las revoluciones liberales vividas durante el siglo XIX. En dichas revoluciones se cambió el sistema político de los Estado-Nación europeos, abandonando el absolutismo y abrazando el liberalismo y la democracia. Ahora, el problema planteado es el mismo, lo único que varía es el ámbito, cambiando el Estado-Nación por la Europa de las Naciones. En esta hipotética revolución sólo haría falta cambiar el marco político, creando una Federación europea y dejando claras qué competencias son federales, cuáles son estatales, las que son de ámbito regional y las que recaen sobre los municipios. En esta Estado federal, la Constitución (que no tratado) debería ser elaborada por los representantes del pueblo, los mismos representantes que deberían escoger al presidente. También se debería lograr que las actuaciones de su gobierno sean financiadas por los impuestos europeos, es decir, pasar parte de las fuentes de financiación de los Estados a Europa.

Este planteamiento, que ya se ha dado con anterioridad, suele tener una respuesta muy eurocrática: es un buen objetivo, pero es una utopía: los ciudadanos nunca aceptarán ceder su soberanía a Europa, los nacionalismos son fuertes. Lo cual es en pare cierto: los ciudadanos nunca aceptarán ceder su soberanía a los eurócratas, pero si a una Europa democrática y transparente (muestra de ello son los elevados porcentajes de ciudadanos que se sienten europeos y que creen que Europa es positiva). Y pensándolo un poco más, nos acordamos de los ingleses y la Europa a dos velocidades que tanto quieren evitar los eurócratas (que parecen preferir una Europa “unida”, frenada por los euroescépticos, que dos Europas: la de los Estado-Nación y la federal). Sobretodo se puede apostar por la segunda opción porque según los estudios todos los miembros de la UE pasarían a formar parte de los federales excepto Reino Unido (y quizá Polonia), que quedaría apartado junto a Suiza y Noruega.

Entonces, esta Europa federal habría superado su crisis existencial y podría dedicarse con más ambición y herramientas aún a solucionar sus problemas, en parte derivados de la bicefalia actual Europa-Estado y de las políticas de los eurócratas. Algunos de estos problemas son de vital importancia y pueden solventarse más eficazmente desde el ámbito Europeo, algunos ejemplos son el poco crecimiento económico y los efectos negativos de la globalización, del que deriva un paro récord desde la Segunda Guerra Mundial en territorios como Alemania; la integración de los inmigrantes en nuestra sociedad; las necesarias actuaciones contra el calentamiento global o la lucha contra el dominio cultural anglosajón.

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